La huelga de La
Canadiense
Con este texto inicio hoy una serie de varios que iré salpimentando con
otras historias y que no sé, en realidad, cuántos van a ser. Pretendo
relataros, sin hacerme pesado a ser posible, uno de los periodos de la Historia
reciente de España más impresionantes, a la par que olvidado. En puridad, si lo
que ocurrió en España en el espacio de apenas cuatro o cinco años hubiera
ocurrido en Estados Unidos, hoy todos podríamos contar que alguna vez hemos
visto una película sobre el tema, y los principales protagonistas de los hechos
se nos vendrían a la memoria con el rostro de actores de primerísimo nivel.
España, sin embargo, parece más bien haber optado por olvidar los años del
pistolerismo. Años en los que las calles de una ciudad, en este caso Barcelona,
se asemejaron a las de Chicago o Nueva York muy poco tiempo después o, incluso,
las superaron. Al contrario que en el caso de la Mafia, sin embargo, el
pistolerismo español tuvo otro origen que no tiene demasiado que ver con el
crimen organizado, aunque nunca sabremos, en realidad, hasta qué punto las
matanzas de empresarios y de obreros no escondieron la labor de personas
sanguinarias, poco interesadas en los orígenes de la violencia y sí en la
violencia como tal.
Sea como sea, es totalmente indudable que el pistolerismo tiene un origen
político. Es hijo de las ideas anarquistas y del supremo egoísmo de no pocos
empresarios de Barcelona, familias de honda raigambre y apellido famoso poco
dadas a la llegada del progreso. En ambos lados, la defensa de los derechos
obreros y la de los privilegios patronales, siempre han existido miembros
decididamente no violentos. Pero no fue ése el caso de la Barcelona de finales
de la segunda década del siglo XX. Como ha señalado Frederic Escofet, que
llegaría en los tiempos de la República a ser el responsable de orden público
del presidente Companys, Barcelona, a principios de siglo, era la población
española más accesible desde Europa y, al tiempo, tenía una honda tradición de
lenidad en la persecución del crimen. Los policías en Barcelona eran pocos,
estaban mal preparados y mucho menos aún para enfrentarse a un entorno de
terrorismo generalizado. Esto hizo de Barcelona el Sangri-la de todos los
delincuentes del continente, que fueron a caer en una olla hirviendo.
La olla hervía, en efecto, desde varios años atrás. El anarquismo español
siempre estuvo impregnado de una suerte de humanismo individualista; muchos
anarquistas no bebían ni fumaban ni comían carne, prácticas muy modernas como
sabemos, porque consideraban que los vicios esclavizaban al hombre. Los valores
de la solidaridad y de la generosidad eran ampliamente propugnados. Pero, al
mismo tiempo, junto a este anarquismo filosófico creció el político y
sindicalista, el bakuninismo que se planteaba la necesidad de ir más allá del
individuo y la necesidad de acabar con las estructuras estatales. No pocos
anarquismos sostenían la necesidad de usar cualesquiera herramientas para
conseguir esta victoria, incluida la violencia terrorista. Así las cosas,
anarquistas son los grandes asesinos y aspirantes a asesinos de finales de
nuestro siglo XIX y principios del XX, entre ellos Mateo Morral, quien se
atrevió incluso a lanzar una bomba a los pies de un rey que iba a casarse.
El bautismo de fuego revolucionario el anarquismo español fue la Semana Trágica
de Barcelona; que fue, desde luego, reprimida, pero que aportó algo
muy importante para toda revolución: un mártir, en la persona de Francisco
Ferrer Guardia, así como la convicción de un poderío movilizador. La Semana
Trágica enseñó a los anarquistas que los obreros catalanes, por así decirlo,
les pertenecían. Por muchos intentos que hizo la socialista, entonces marxista,
UGT, por penetrar en ese mercado, por así decirlo, no lo conseguiría hasta que,
en 1937, la CNT fuese abatida tras esa pequeña guerra civil dentro de la guerra
civil que fue la represión de anarquistas y POUM en Cataluña. A mediados de la
segunda década del siglo XX nació la Confederación Nacional del Trabajo. No
tardaría en levantarse el telón.
A pesar de que la Semana Trágica había sido un importante aviso para navegantes
de que algo pasaba en el proletariado barcelonés, no hubo grandes cambios en la
actitud de los patronos. En 1917, sin embargo, algo ayudó para que la pasión
obrera cambiase y se pusiese al rojo vivo: la revolución rusa que, sobre todo
en su primer estadio, estaba lejos de parecer el movimiento de pura raíz
marxista que luego fue. En agosto de 1917, el día 13, hubo disturbios en
Barcelona, disturbios que fueron conocidos en su época como la Semana
Cómica, lo cual lo dice todo de las diferencias de intensidad que
registraron sobre los de 1909. Aquel fracaso espoleó al anarquismo más radical,
que llegó a la conclusión de que no había más salida que la rusa, esto es la
insurrección armada. El 7 de octubre de aquel mismo año, en el Clot, una
barriada entonces muy popular de Barcelona, dos personas mataron al industrial
Joan Tapias. Y, en los siguientes días, mataron a seis empresarios más. Había
empezado la tangana.
Según Ángel Pestaña, un líder anarquista que podríamos considerar moderado, la
CNT propiamente dicha deploró los atentados y desechó hacer hilo con esa
estrategia terrorista. Pero lo cierto es que hubo grupos de obreros que, ante
el ejemplo, decidieron contratar pistoleros para que se cargasen a los malos
patronos. Pero es que, además, los empresarios no se quedaron quietos.
Decididos a responder al hierro con hierro, los empresarios forzaron el
nombramiento al frente de la policía de uno de los personajes más siniestros de
esta historia: el comisario Manuel Brabo Portillo. Brabo, además de funcionario
de policía, era un auténtico mercenario sin escrúpulos que llevaba ya bastante
tiempo alquilando su pistola, su gatillo y el dedo que lo presionaba a los
alemanes. Desde el comienzo de la primera guerra mundial, en 1914, y dado que
España había permanecido neutral, Barcelona y su sector industrial se habían
convertido en escenario de los más sucios sabotajes y movidas. Según se ha
publicado, Brabo había matado personalmente a un ingeniero, Josep Albert
Barret, que trabajaba en una empresa que estaba fabricando para los franceses
(enemigos de los alemanes). Claro que quien a hierro mata, a hierro muere: el
espionaje francés acabó reuniendo pruebas de que Brabo pasaba información a los
alemanes de los barcos que salían de Barcelona cargados de suministros para los
aliados, de forma que pudieran torpedearlos. Brabo fue encausado y apartado del
servicio. La separación de Brabo, sin embargo, no detuvo los incidentes y los
atentados.
De todas formas, la situación era susceptible de empeorar, y empeoró. El fin de
la guerra, el 11 de noviembre de 1918, fue una tragedia para la fragilísima paz
social barcelonesa, por llamarla de alguna manera. Hasta ese momento los
empresarios, y sobre todo los catalanistas englobados en la Lliga Regionalista
de Françesc Cambó, habían contemporizado con los obreros, dado que nadaban en
pedidos y querían cualquier cosa menos huelgas. Con el fin de la prosperidad,
sin embargo, ese interés, simplemente, desapareció.
El 16 de enero de 1919, tras unos incidentes entre nacionalistas y españolistas
durante una representación de teatro, el gobernador civil de Barcelona, Carlos
González Rothwos, suspendió las garantías constitucionales en la provincia. En
pocas horas, la policía hizo una redada monstruo, detuvo a decenas de
cenetistas y los metió en la cárcel Modelo. Con esas detenciones, tanto el
gobierno de Madrid como la burguesía catalana se situaron en un punto de no
retorno. De poco sirvió la entrevista clandestina ofrecida por Cambó a Pestaña
en casa del arquitecto Puig i Cadafalch (uno de los grandes del modernismo
catalán, autor, entre otras, de la bellísima Casa Ametller); de todas maneras,
Cambó no se presentó, dejando claro que le preocupaba llevarse bien con la CNT,
pero no la respetaba demasiado.
Así las cosas, sólo era cuestión de tiempo que los obreros mostrasen su poder.
Y ese momento llegó en 1919, con la archifamosa, entonces, huelga de La
Canadiense.
La Canadiense era la Barcelona Traction Light & Power, una empresa fundada
por un banco de Toronto; de ahí el mote. Su fundador, Fred Stark Pearson,
falleció durante la guerra mundial cuando su trasatlántico, el Lusitania,
fue hundido por un submarino alemán. En ese momento, se produjo una situación
parecida a la que hemos vivido recientemente con Endesa: dos grupos, Heidamann
y Sofima, pelearon por quedarse con la empresa; sólo que su pelea consistió,
no, como en Endesa, en elevar lo más posible el precio de la acción, sino en
todo lo contrario, en tumbarlo. Qué mejor que una buena huelga para
conseguirlo.
Por su parte, la conciencia obrera crecía en la empresa la cual, al parecer,
pagaba de pena. En enero, ocho escribientes que reclamaron ser hechos fijos
como otros trabajadores fueron despedidos por el director general, el inglés
Fraser Lawton. En una típica reacción del sindicalismo anarquista, los 117
compañeros de los escribientes en el departamento de Administración fueron a la
huelga. Y no lo hicieron como ahora, no. Los 117 se presentaron el 5 de febrero
de 1919 en las oficinas centrales de la empresa, en la plaza de Cataluña, y se
sentaron en su puesto. Pero, a una determinada hora, rompieron sus plumas, las
tiraron al suelo y se marcharon.
A pesar de que González Rothwos, el gobernador, les prometió que todo se iba a
arreglar, al volver al edificio los escribientes se encontraron con el
comisario Francisco Martorell, sucesor de Brabo Portillo, quien les comunicó que
estaban todos en la puta calle. La reacción en la empresa fue que otros
departamentos comenzaron a declararse en huelga. Dos días después, los
despedidos eran… ¡dos mil!
No fue hasta entonces que la CNT tomó el control del conflicto. El sindicato
intentó negociar, pero Lawton contestó anunciando que quien no se presentase a
trabajar en 24 horas estaba despedido. La CNT respondió cesando la lectura de
contadores y la presentación de recibos, o sea, dejando a la Canadiense sin
ingresos. Tan sólo un cobrador, Joaquim Baró, se negó a dejar de trabajar. Tres
desconocidos le dispararon en la calle Calabria, en el Ensanche. Murió pocos
días después.
Lawton ofreció 10.000 pesetas, un auténtico pastón de la época, por información
sobre los asesinos de Baró. Pero nunca fueron delatados. Aquella firmeza parece
que hizo reconsiderar las cosas a Lawton, que ofreció negociar. Sin embargo, el
encuentro salió mal porque el inglés no aceptó que en el mismo se presentaran
personas que no eran trabajadores de la Canadiense (un sindicalista de la CNT).
Dado que no hubo acuerdo, los anarquistas pasaron a la segunda fase,
consistente en dejar Barcelona sin luz.
El 21 de febrero de 1919, a las cuatro de la tarde, el fluido eléctrico de
Barcelona se interrumpió. El día 23, ante la falta de respuesta, paró toda la
energía eléctrica de Cataluña. Ese mismo día, a primera hora de la tarde, se
reunieron las principales familias de Barcelona con los responsables del orden
público, entre los cuales se encontraba el nuevo gobernador militar, Severiano
Martínez Anido, quien con el tiempo acabaría siendo todo un símbolo de la
represión obrera de aquellos años. Se podría pensar que se reunían para ver de
arreglar las cosas. Lejos de ello, aceptaron la propuesta de los militares:
incautarse de la Canadiense.
Dicho y hecho. El día 24, el cuarto regimiento de zapadores tomó las
instalaciones de La Canadiense y Barcelona volvió a tener luz. No obstante, es
claro que no es lo mismo un militar ocupando un puesto de trabajo que un
trabajador trabajando. Por mucho que lo intentaron, los militares no
consiguieron mantener el servicio en regla; las averías, y muy probablemente
los sabotajes de los sindicalistas, fueron muchos. Además, los sindicatos no se
iban a quedar quietos: el día 26 se sumaron a la huelga las empresas del gas y
del agua, dejando Barcelona en una situación casi medieval. La organización de
los sindicalistas era tan perfecta que incluso un dirigente del sindicato de
artes gráficas, Salvador Caracena, instauró una muy eficiente censura de
prensa: puesto que el personal que hacía los periódicos era anarquista, los
periódicos sólo publicarían lo que ellos quisieran.
El 5 de marzo, todos los trabajadores del sector eléctrico entre 21 y 38 años
fueron movilizados, militarizados. Eso sí, el bando declarando la movilización
no se pudo publicar porque la censura paralela anarquista lo impidió, salvo en
un periódico, el Diario de Barcelona, más conocido en su ciudad
como El Brusi, no sé muy bien por qué, que fue multado por los
sindicalistas (y pagó, por cierto).
El día 7 de marzo, los trabajadores movilizados se presentaron en las cajas de
reclutas, pero se negaron ir a los destinos que se les marcaban. La reacción
del gobierno militar fue encarcelarlos en el castillo de Montjuich. Llegaron a
meter a 3.000 personas.
Tan enconadas estaban las cosas que las soluciones intermedias eran ya poco
menos que imposibles. De hecho, la CNT estaba para entonces preparando una
huelga total, y lo curioso es que los empresarios estaban haciendo lo mismo: era
el famoso lock out, la reacción por la cual los empresarios
cerraban sus negocios, como un solo hombre, buscando que los obreros que
seguían trabajando no pudieran contribuir a cajas de resistencia para los que
estaban en huelga. El día 13 de marzo se declaró el estado de guerra en
Barcelona, y las tropas tomaron la ciudad. Sin embargo, desde Madrid se preparó
una estrategia de moderación, a través del nuevo gobernador civil de la
provincia, Carlos Montañés, un ingeniero apolítico que había tenido relación
con La Canadiense. Montañés obligó a las partes a reunirse, reunión en la que
los sindicatos pidieron la readmisión de los despedidos y jornada de ocho
horas. El escollo eran las readmisiones, pues Lawton se negaba a que fuesen en
bloque. El inglés, sin embargo, fue presionado y, a las nueve de la noche,
firmaba un acuerdo con los trabajadores; la huelga había terminado, gracias,
entre otros, a empujoncitos como el del líder ugetista Largo Caballero, quien
desde Madrid amenazaba con una huelga general en toda España si la cosa no se
resolvía esa misma noche.
El final de la huelga de La Canadiense, sin embargo, supuso dejar compuestos y
sin sus respectivas venganzas a las tendencias más radicales de ambos lados,
trabajadores y empresarios. Ninguna de las dos partes estaba dispuesta a
renunciar a sus objetivos desestabilizadores.
Los empresarios recibieron un importante espaldarazo desde Madrid, con la
decisión del jefe de Gobierno, Romanones, de regular y poner bajo la
jurisdicción militar al somatén. El somatén era una especie de milicia cívica
de orden que funcionaba en la Cataluña rural, pero ahora fue convertida en una
fuerza del orden paralela en Barcelona, puesta además a las órdenes de uno de
los dirigentes empresariales más proclive a la violencia, Josep Beltrán i
Musitu, integrado en la Lliga de Cambó. Claro que Beltrán no tenía mucha idea
de montar mafias asesinas, así pues tuvo que buscar alguien que supiese de la
cosa.
Llamó a Brabo Portillo. ¿O realmente os esperabais que fuera a desaparecer tan
fácilmente de nuestra historia?
El último acto de la huelga de La Canadiense es el mitin de la plaza de toros
de Las Arenas, un acto en el que hace aparición otro personaje fundamental de
esta historia: el activista obrero Salvador Seguí, el Noi del Sucre.
Seguí, ya lo veréis en sucesivos posts, fue, junto con Pestaña, el más
posibilista de los anarcosindicalistas; el menos empeñado en hacer la
revolución y más interesado en mejorar las condiciones de vida de los obreros.
Al final de la huelga de La Canadiense, Seguí tuvo que enfrentarse al hecho de
que la mayoría de los dirigentes sindicalistas estaban presos; por fuertes que
fuesen las promesas de Montañés en el sentido de que serían prontamente
liberados, esa situación era oro molido para los más radicales anarquistas.
Por esta razón, se convocó un mitin en la plaza de toros al que acudieron unas
50.000 personas. Brutal. Desde el principio, la exposición del acuerdo se
encontró con la oposición de los más radicales, que querían petardearlo. Cuando
se levantó Seguí, se hizo más o menos el silencio; así pues, aunque estamos aún
en una época previa a lo micrófonos, casi todo el mundo pudo oírle expresar el
centro de su forma de pensar: si ahora los obreros rompían el convenio, les
dijo, nadie volvería a confiar en ellos. Como quiera que seguían las protestas,
Seguí decidió dar un movimiento inesperado y temerario.
‑¿Voleu els presos? –gritó- ¡Doncs amen-los a buscar! (1)
Y su dedo señalaba al castillo de Montjuich.
Fue listo. Jugó con el cansancio de una huelga larga y dura, que se multiplica,
además, cuando quien lo está sufriendo sabe que la solución es posible y está
cerca. El público, finalmente, aplaudió unánimemente la firma del acuerdo.
Seguí había ganado y la paz social también.
Por poco. Por muy poco tiempo. La huelga de La Canadiense había durado
demasiado. Lo suficiente como para que dos fuerzas, los patronos paramilitares
por un lado y los obreros ultrarradicales por el otro, llegaran a la conclusión
de que podían ganar.
Y, cuando dos piensan que van a ganar, siempre hay pelea. Siempre.
(1) Así lo he copiado de la prensa en castellano
El pistolerismo Brabo Portillo y Pau
Sabater
Pido disculpas por estar estos días un tanto remiso a asomarme por esta
ventanita. Es la culpa de un ataque de lumbalgia que, como sabréis los que lo
hayáis sufrido, aconseja las posiciones horizontales y suele penalizar las
sedentes, como la que tengo yo ahora mismo miemtras escribo estas líneas. No
obstante, la Historia tiene, cuando a uno le gusta, cierto elemento sedante
que, tal vez, llega donde no llega el E%&$%&fen (es que no me gusta dar
marcas).
Será por eso que he encontrado un rato para continuar con esta historia, que
llega hoy hasta el tristísimo, y alevoso, asesinato de Pau Sabater.
Hemos dejado nuestro relato en la primavera de 1919, tras el accidentado final
de la huelga de La Canadiense. Quizá el mejor momento para la paz social:
dominaba el anarcosindicalismo un líder posibilista, Seguí; y el gobierno civil
de Barcelona un hombre también amigo del pacto como Montañés. Sin embargo, las
semillas del enfrentamiento, aunque no lo pareciese, estaban ya plantadas y a
punto de germinar.
El primer problema surgió porque, el día que finalizaba el plazo para la
liberación de todos los sindicalistas presos, cinco seguían en la cárcel. Esta
situación era hija del complicado entramado de poderes existente entre el
civil, encarnado por Montañés, y el militar, encarnado por el capitán general
de la región catalana, Miláns del Bosch; que era quien había hecho las
detenciones y quien se negaba a soltar a los presos.
En el mitin de Las Arenas, como no podía ser de otra forma, Seguí había dado
por hecho que su postura de apoyar el fin de la huelga partía de la base de que
los presos serían liberados; de otra manera, la huelga debería recomenzar. En
las circunstancias que se produjeron, hasta él mismo tuvo por lo tanto que
apoyar la constitución de un comité de huelga. No obstante, ya no era la misma
huelga. Como suele ocurrir siempre en estos casos, el fracaso del experimento
moderado (fin de la huelga, respeto de los acuerdos y liberación de los presos)
dio alas a los más radicales; así, la huelga aprobada por los anarquistas sería
general, indefinida y revolucionaria, es decir: su objetivo no sería el logro
de ventaja laboral alguna, sino el fin de la sociedad capitalista.
Por increíble que pueda parecer, pues Barcelona era ya entonces una ciudad de
tamaño y población respetables, la CNT estableció una red de
voceadores-ciclistas que recorrieron, una por una, las fábricas de la ciudad, y
en unas horas provocaron en la ciudad un paro total. Los planes de la
burguesía, entonces, fueron garantizar el orden público a través del ejército,
la policía y el somatén, y luego poner a trabajar en los servicios esenciales a
esquiroles burgueses voluntarios. Ese mismo día se declaró de nuevo el estado
de guerra, que incluía un toque de queda a las ocho de la tarde. La estrategia
le salió bien. En general, los pequeños propietarios de negocios, los capataces
de fábricas, los comerciantes y, sobre todo, los entonces importantísimos
núcleos de catalanes de ideología carlista tradicionalista consiguieron hacer
que los suministros funcionasen, mientras que el ejército reprimía con dureza a
los obreros. Además, esta absurda huelga sirvió para que, desde el momento en
que el ejército volvió a los cuartales, quedase claro que quien garantizaba la
seguridad en las calles era el Somatén.
No obstante, tiempo es cansancio. A primeros de abril, la huelga duraba ya dos
semanas y los patronos empezaban a estar divididos. Para entonces, la CNT ya
había hablado por lo menos dos veces con Montañés de buscar una salida a la
huelga. Dos hermanos en buena sintonía con la CNT pero no integrados en ella,
Josep y Jaume Roca, fueron encargados de buscar acuerdos parciales en algunos
sectores y empresas, y comenzaron negociaciones tímidas que rápidamente dieron
frutos. La CNT, viendo que una negociación era posible, decidió traer a
Barcelona a su líder Ángel Pestaña, que estaba en Tarragona esperando que
escampase. El 3 de abril de madrugada, la policía lo detuvo en el barrio chino,
concretamente en el primer piso del número 162 de la calle Conde del Asalto; y
le hizo un favor, porque las fuerzas paramilitares de Brabo Portillo, que no le
había perdonado a Pestaña su participación en las filtraciones de información
tras las que fue juzgado y apartado de la policía, estaban buscándolo para
matarlo.
A pesar de que la huelga mostraba signos claros de caminar hacia su solución,
la situación se estaba complicando. Los años que relato fueron también los del
nacimiento y auge de las llamadas Juntas Militares, un poder dentro del poder.
La de Barcelona, que estaba claramente en contra de toda contemporización con
el obrero, llegó a la conclusión, nada más y nada menos, de que había que expulsar
a las autoridades civiles de Barcelona, para que las militares pudieran hacer a
su gusto. El 14 de abril, con toda naturalidad, un coronel de la guardia civil,
de apellido Aldir, se presentó a ver al gobernador civil y le comunicó,
fríamente, que tenía la misión de poner a éste y a su jefe de policía, Gerardo
Doval, en el expreso de Madrid (Gerardo Doval se había destacado por gestos
como dejar escapar por una ventana a los hermanos Roca tras ser detenidos por
los militares).
Montañés hizo lo lógico: llamar a Madrid. Le pusieron con el presidente del
gobierno. Pero el conde de Romanones no era hombre de férreas decisiones. Con
total desparpajo, le contestó a su subordinado:
-¡A mí qué me cuenta, yo ya no soy presidente!
Y, dicho y hecho: se presentó en el palacio real, y dimitió.
El gobernador civil de Barcelona, por lo tanto, fue desposeído y expulsado de
su cargo por el capitán general de la región militar. A buen entendedor…
Tras la marcha del poder civil de Barcelona, obviamente la huelga pasó a la
clandestinidad, aunque todo parece indicar que, en una reacción muy humana, los
problemas sirvieron en realidad de acicate para los sindicalistas. Según
cálculos de los propios militares, la CNT era capaz, en aquellas semanas de
pura clandestinidad, de recaudar hasta 1.500 pesetas diarias, lo cual era un
auténtico pastón; aparte de someter a Barcelona a un rosario de huelgas, hoy en
esta fábrica, hoy en esta otra, que colocaron a la ciudad y a su sistema
productivo en una situación difícil de aguantar.
La situación de absoluta clandestinidad fue un acicate para que alguien más se
sintiese tentado de pasar un poco también a ese terreno de lo oscuro y no muy
legal: cómo no, Brabo Portillo.
Nuestro ex comisario vio el cielo abierto con la situación y decidió que su
futuro estaba en alquilar sus servicios a los empresarios para hacerles los
trabajitos que ni el ejército ni el somatén, al fin y al cabo cuerpos
impregnados de legalidad, podían hacer. Ni corto ni perezoso, montó unas
oficinas en el número 17 de la calle Septembrina. El personal de Brabo se
organizaba en grupos de diez, que operaban de espías y soplones al mando de un
delincuente muy peligroso: Antoni Soler, a quien todos apodaban El
Mallorquín.
Pronto, a Brabo le llegó negocio. Le solicitaron la cabeza del dirigente
sindical de la construcción Pedro Massoni. Brabo pidió 3.000 pesetas por
cargárselo, y su oferta fue aceptada. La cosa era, una vez terminada la huelga
por la vía dura, ablandar a los peones y albañiles para que no se soliviantasen
ante las putadas de sus patronos.
El 23 de abril, El Mallorquín y sus secuaces Luis Fernández y
Octavio Muñoz, AKA El Argentino, se presentaron en casa de Massoni
pretendiendo ser policías que se lo tenían que llevar a la comisaría. Aunque a
donde lo llevaron fue hacia a Epifanio Casas, que estaba en la calle esperando
pistola en mano para cargárselo. Casas, en efecto, disparó a Massoni, aunque
tan precipitadamente que no lo mató. Aunque el herido ya nunca quedó bien.
A las pocas horas del atentado, un importante empresario barcelonés, Jaume
Agustí, casaba a su hijo. La boda se celebró en la más estricta intimidad… ¡y a
las seis de la mañana! Esto os puede dar una idea de lo acojonado que iba el
personal con la posibilidad de que hubiese represalias. Eso, claro, aparte del
regalito de que, además de casarte, tengas que madrugar tanto… Por las noches,
en efecto, había disparos y otras asonadas cerca de las casas de los grandes
burgueses. El Conde de Godó, propietario de La Vanguardia y
que hoy es especialmente conocido por las jóvenes generaciones de españoles y
catalanes aficionados al tenis, se hizo famoso por su desprecio olímpico del
peligro; desprecio que tenía que ver con que estaba sordo como una tapia y no
oía los tiros cuando se producían cerca de su casa.
Estas escaramuzas y algunas otras, como el intento sindicalista, fallido, de
matar a un capataz el 8 de mayo, parece llevaron a algunos de los empresarios a
intentar pactar y llegar a acuerdos. Sin embargo, la producción de otros
atentados pronto lo dificultó.
El verano de aquel año se consumió en un extraño toma y daca. Por un lado, se
producían avances en los pactos, como ocurrió con las negociaciones en el
textil. Pero, por otro, seguían los atentados, como el del ebanista Felipe
Serrano (cuyo asesinato siempre fue negado por los sindicalistas y es probable
que se debiese a alguna diferencia con su socio) o el contratista Segimon
Obradors. No obstante, la situación no se tensaba más porque una de las partes,
la patronal, se sentía fuerte y cómoda: el ejército les protegía, los
conservadores de Maura habían ganado las elecciones nacionales y esa victoria
había supuesto que, en Cataluña, ganase la Lliga Regionalista, o sea lo
patronos. Miel sobre hojuelas.
El único problema eran las negociaciones del ramo textil. ¿Por qué? Pues porque
iban de coña. Quedaba aún el acuerdo en materia de jornada, pero todo parecía
avanzar. En estas circunstancias, algunos patronos decidieron echar mano de Míster
Peace Demolition, o sea Brabo Portillo, al que propusieron una operación a
fondo contra la CNT. A cambio de 25.000 pesetas, Brabo elaboró una lista negra
con siete sindicalistas a los que se iba a cargar. De estos siete, nunca se ha
sabido el nombre de cinco de ellos.
Pau Sabater, a quien todos llamaban El Tero, ocupaba el 17 de julio
la presidencia de la comisión negociadora del ramo del agua; el otro gran ramo
productivo de Barcelona que estaba, como el textil, a piques de conseguir algún
acuerdo. Al final de la tarde, caminaba por el barrio populoso de Sant Martí de
Provençals, en cuya calle Dos de Mayo, número 274, vivía; muy cerquita de una
fábrica de cerveza llamada La Bohemia.
A la una de la noche, dos coches aparcaron delante de la factoría y cuatro
tipos se dirigieron al portal donde vivía Sabater. Allí, delante de un montón
de vecinos que tomaban el fresco delante de las puertas de sus casas, los
hombres de Brabo repitieron la tramoya que ya hemos visto en el caso de
Massoni, esto es somos policías, tiene que venir con nosotros, y tal. Le ataron
las manos a la espalda, lo metieron en uno de los coches, entre el conductor y
el copiloto y, sin siquiera encender los faros, tiraron, no hacia el centro de
Barcelona, que habría sido lo lógico de ser policías; sino hacia las afueras,
hacia el Camp de l’Arpa, que entonces era una verdadera campa. Tras un forcejeo
importante que la autopsia reveló, lo sacaron del coche y, en una riera, le
dispararon seis tiros, dos de ellos mortales.
Al día siguiente, José Castillo, antiguo miembro del comité nacional de la CNT,
se afeitaba en una barbería de Sants, su barrio. Brabo, al saberlo, le encargó
a Epifanio Casas, el asesino de Massoni, que se lo cargase. Pero Casas se negó.
Tenía problemas morales y, sobre todo, no quería cargar con dos asesinatos.
Brabo, al parecer, le convenció a hostias. Casas fue a la barbería y, como en
las mejores películas de gangsters, descargó un cargador entero en el cuerpo
del sindicalista.
El domingo por la mañana, Josefa Ros, quien aún creía que los sicarios eran
policías de verdad y que su marido estaba detenido, leyó en el periódico que en
el Camp de l’Arpa había aparecido el cadáver de un hombre corpulento.
Conforme Barcelona fue sabiendo, aquel domingo, de la repugnante muerte deEl
Tero, el ambiente se calentó más y más entre los obreros. Salvador Seguí
tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerlos; con esa inteligencia
estratégica de la que iba sobrado, el líder sindicalista comprendió que eso,
que los obreros saltasen ahora, era precisamente lo que los burgueses querían.
No obstante, no podían quedarse de brazos cruzados, pero en su haber debe
anotarse el hecho de que la solución que buscaran fuese posibilista y, sobre
todo, legal: escribirle una carta al Parlamento de Madrid. Tenían esperanzas de
ser oídos porque acababa de caer el gobierno Maura y en el nuevo gobierno,
presidido por Sánchez de Toca, ocupaba la cartera de trabajo un ministro,
Manuel de Burgos y Mazo, de quien se decía era partidario de acabar con todo
enfrentamiento social. La carta y sus expresiones de deseos de paz fue firmada
por los pesos pesados del movimiento: Salvador Seguí, Ángel Pestaña, Simó
Piera.
En todo caso, Brabo consiguió lo que buscaba. Las negociaciones en el textil
comenzaron a ir de mal en peor, a causa de un cambio radical en la actitud de
los obreros. En agosto, se daba por fracasada, lo que dio paso a un nuevo
rosario de huelgas y de cierres patronales.
La lectura de la carta de los sindicalistas en el Parlamento vino, además, a
coincidir con un hecho más. Gracias a los desvelos de un joven abogado
republicano, Jesús Ulled, y sus investigaciones a partir de las confidencias de
un tal Ramón García, vigilante que era vecino de Luis Fernández, uno de los
cuatro matones de Brabo, éste pudo ser detenido y conminado a confesar el
crimen de Pau Sabater. Dado que el estado de guerra seguía vigente, en
Barcelona seguía existiendo censura de prensa (no así en Madrid), motivo por el
cual muchas de las noticias sobre esta investigación fueron distribuidas porRadio
Macuto. Lo cual no es buena cosa, porque se decían algunas que incitaban
los ánimos: la más gorda, que en el asesinato de Sabater habían participado
policías de servicio.
El calentamiento de cascos que provocaron estos rumores acabaron por convencer
a Burgos y Mazo de que había que hacer algo. Así se lo exigió al gobernador
civil de Barcelona, el marqués de Retortillo; el cual, probablemente recordando
lo que le había pasado a su antecesor por tratar de hacer algo, respondió
dimitiendo. Entonces Burgos y Mazo nombró a Julio Amado, un político
bienintencionado cuyas primeras medidas, según quería, iban a ser la creación
de una especie de foro de diálogo entre patronos y obreros y la legalización de
la CNT. Aunque había una medida más, mucho más necesaria.
Burgos y Mazo planteó que había que sacar a Brabo Portillo de Barcelona. Pero
los patronos dijeron: no. Será un cabrón, pero es nuestro cabrón.
Julio Amado llegó a Barcelona el 20 de agosto de 1919, con más de 15.000
sindicalistas presos y huidos, 60.000 obreros parados y huelgas continuadas que
habían paralizado poblaciones enteras, como Manresa. ¿Lograría llevar adelante
sus planes de conciliar a patronos y obreros?
El pistolerismo the last chance
Habíamos dejado Barcelona a finales de agosto de 1919, temblando, a pesar del
calor, por el tristísimo asesinato de Pau Sabater y con, al menos, una buena
noticia, como es la llegada de un nuevo gobernador, en la persona de Julio
Amado, que quería resolver de una vez y para siempre las desavenencias entre
obreros y patronos mediante la creación de una especie de parlamento laboral,
antecesor de nuestra actual negociación colectiva. No obstante, el panorama no
movía al optimismo. Toda el área estaba perlada de huelgas, especialmente en
Manresa que era muy a menudo una ciudad a menos de medio gas; y, por la parte
patronal, el matonismo había vuelto a las calles, de la mano del inefable Brabo
Portillo, todos cuyos secuaces, con la sola excepción de Luis Fernández, habían
sido liberados a pesar de haber sido detenidos por su participación en el
asesinato de Sabater. La situación se hizo tan insostenible que los anarquistas
decidieron dar un paso más, darle una vuelta de tuerca más a la situación,
matando al mismísimo Brabo Portillo.
Estamos en el 5 de septiembre de aquel año. Se parecía, y mucho, a cualquier 5
de septiembre de nuestra vida actual porque aún la ciudad estaba a medio gas,
con un montón de gente de vacaciones. En la esquina de las calles Paseo de
Gracia y Roselló vive Brabo Portillo, y allí está trabajando esa mañana; todo
en esas horas lo hará solo, lo cual nos da la medida de hasta qué punto se
sentía este hombre omnipotente e intocable. Tras de cuidar de sus asuntos, se
fue al barrio de Gracia a echar un cañete en el chalecito en el que, al
parecer, tenía instalada a una amiga. Ya en el tranvía, el ex
policía se percató de dos tipos que no le quitaban ojo de encima. Así pues, se
bajó del tranvía sin dejar de vigilarlos, y con la mano presta para sacar la
pistola. Iba al número 369 de la calle Córcega, donde vivía otra de sus conocidas (era,
por lo que se ve, prolijo en las artes amatorias); pero, según todos los
indicios, infravaloró el espionaje ácrata, pues era en ese mismo portal donde
le estaba esperando su agresor.
Los asesinatos realizados por anarquistas siempre seguían el mismo patrón. Se utilizaba
a tres asesinos, uno de los cuales disparaba mientras que los otros dos tenían
como función cortar la retirada de la víctima. En realidad, los hombres que
seguían a Brabo no eran quienes tenían que dispararle, sino los que iban a
contenerlo. Aún y a pesar de esta estrategia, el ex policía logró huir unos
metros por la calle Santa Tecla, hasta que fue herido en una ingle, momento en
que debió parar y parapetarse tras un coche. Pero los atacantes se echaron al
suelo y le dispararon por debajo del coche.
Brabo Portillo llegó vivo al dispensario de Ríus y Taulet, pero murió
prácticamente de inmediato.
La muerte de Brabo agotó las existencias de cigarros puros en no pocas zonas de
Barcelona. Para lo obreros, era la mejor noticia posible. Sin embargo, esa
muerte tuvo un elemento nada positivo, y fue la radicalización de los patronos.
Obviamente, los empresarios y burgueses de Barcelona se sintieron desamparados;
alguien que era capaz de matar a Brabo era capaz de matar a cualquiera. Y, por
último, estaban los miembros de la banda. Porque los empresarios todavía tenían
su moral; pero los hombres que trabajaban para Brabo eran, pura y simplemente,
delincuentes. Y obraron como tales.
A través de alguno de sus infiltrados en la CNT, consiguieron citar a los autores
del atentado en un bar de la Ronda de San Pablo. Una vez que estuvieron allí,
entraron para matarlos. Los cenetistas, sin embargo, reconocieron a El
Mallorquín y, por eso, en ese momento se produjo dentro del bar un
tiroteo al mejor estilo de las películas de Clint Eastwood.
Al no lograr su objetivo, los miembros de la banda activaron el Plan B,
consistente en reconstituirse con un nuevo jefe. Que apareció en la persona de
Rudolf Stallman, barón de König. Ya hablaremos de él.
Mientras ocurría todo esto, Amado trataba de reunir a su comisión mixta y abrir
paso al diálogo. El 16 de septiembre, patronos y obreros alcanzaron un acuerdo.
No está claro, sin embargo, que la voluntad de los empresarios fuese, de
verdad, firmarlo (la firma se dejó para el día siguiente). Sea esto o no
cierto, lo que sí lo es que pronto tuvieron a qué agarrarse para dar su
negativa.
Esa noche, en unas fiestas de barrio en el Poble Nou, un desconocido hirió a
Agustí Sabater, hijo de un industrial de la zona. Ni siquiera está claro que
fuese un asunto político; quizá se trató de algún tipo de problema personal.
Pero, a la luz de los hechos, el 17 a las 11 de la mañana, los representantes
patronales se dirigieron al gobierno civil y, en plena ceremonia de la firma,
comunicaron a través de su abogado, Tomás Benet, que no iban a firmar.
Amado montó en cólera. Con el apoyo de los obreros, pues Seguí se apresuró a
asegurar la voluntad de la CNT de firmar el acuerdo, conminó a los empresarios
a pensárselo mejor, y les dio 24 horas para dar una respuesta. Los
representantes patronales consumieron aquel día en consultas y tertulias. Al
día siguiente, ni siquiera se presentaron en el gobierno civil.
La respuesta de los patronos fue muy otra. Convocaron una gran conferencia
empresarial española, que se abrió el 21 de octubre en el Palau de la Música
Catalana. Arropados por empresarios de todo el país, envalentonados, los
patronos catalanes decidieron ejecutar un lock out total (o
sea, una huelga general de patronos) el 3 de noviembre y nombraron presidente
de su federación a Feliu Graupere, un personaje hasta entonces de escasa
importancia.
El problema de las huelgas generales es siempre el mismo: o el personal esta
muy, pero que muy por la labor, o son un fracaso. El lock out del
3 de noviembre consiguió bastante poco, pues muchos empresarios continuaron con
el trabajo y, por esta razón, apenas tres días después ya estaban patronos y
obreros tratando de reunir la comisión mixta y llegar a algún tipo de acuerdo.
Tras una serie de dimes y diretes, y merced a la intervención personal del
general Miláns del Bosch, finalmente los patronos aceptaron llegar a un
acuerdo, el día 11 de noviembre. El convenio se firmó el día 12, no sin
suspense porque, esta vez, fueron los delegados obreros los que se demoraron
varias horas. En la plaza de Sant Jaume esperaba una abigarrada multitud de
burgueses y obreros, que recibió la noticia con júbilo.
El jueves día 14, Barcelona volvió a ser Barcelona. Uno de los pactos de aquel
acuerdo era la suspensión de todos los conflictos, cierres y huelgas, que se
discutirían uno por uno. Así pues, aquel día todas las empresas catalanas
trabajaron con normalidad. Sin embargo, en algunas de ellas, normalmente
grandes, ocurrió algo inesperado. Al llegar los obreros a las fábricas se
encontraban con empleados de confianza manejando listas; en las listas figuraba
quien estaba despedido y quien podía entrar. Esta actuación era frontalmente
contraria a lo pactado, pues el convenio establecía que no habría represalias
contra los huelguistas.
Grupos de obreros se fueron al gobierno civil y exigieron ver a Seguí, que
estaba negociando conflictos con los patronos. Cuando el Noi del Sucre se
enteró de lo que pasaba, montó en cólera, entró en la sala y, ante las
explicaciones torpes y parciales de los patronos, anunció que la CNT se
retiraba de la comisión mixta.
Fue la última oportunidad de impedir el pistolerismo en Barcelona.
El día 24 por la noche, estalló una bomba cerca de la Capitanía General de
Barcelona que hirió a dos soldados. No está claro quién hizo aquello; todo el
mundo pensó que era un acto de los obreros, pero también se ha apuntado a la
banda de König, porque lo cierto es que el resultado de ese atentado fue que
Miláns, que estaba hasta entonces bastante alejado del orden público, volviese
a tomar el control de las calles, radicalizando los enfrentamientos.
Envalentonados, los patronos movieron ficha. El 1 de diciembre, a las puertas
de las Navidades, decretaron un cierre patronal que dejaba a 50.000 obreros en
la calle. El objetivo era dejarlos sin ingresos, sin nada que comer, sin
posibilidad de comprar algo para vestirse, hasta que se rindieran.
El pistolerismo auge y caída del barón de König
Debo recordarte que este post está integrado dentro de un ladrillo-coñazo
del que forman parte, por su orden:
Si después de todo esto aún tienes ganas de leer, vamos allá con the
fourth leg.
El 1 de diciembre de 1919, como ya hemos dicho, las semillas del fuerte
enfrentamiento social en que consistirá el pistolerismo ya están plantadas. En
dicha fecha, los patronos catalanes dictaminan un cierre patronal cuyo objetivo
estratégico es, literalmente, dejar sin recursos a 50.000 obreros. La espiral
ha comenzado a desarrollarse pero, además, pronto se producirán nuevos
elementos del drama.
El 10 de diciembre, en Madrid, se celebraba un histórico congreso de la CNT.
Fue el congreso en el que la definición anarcosindicalista del sindicato fue
puesta en discusión, ante la presión de no pocos miembros de acordar el ingreso
de la organización en la III Internacional, lo cual habría supuesto acercar el
sindicato a la órbita soviética. Las discusiones fueron amplias y enconadas y,
finalmente, la personalidad de Salvador Seguí, el Noi del Sucre,consiguió
convencer a sus correligionarios de la importancia de no precipitar soluciones.
Así pues, se decidió enviar, antes de decidir, a una delegación que conocería
Moscú y comprobaría las bondades del sistema soviético. Dicha delegación estuvo
formada por Ángel Pestaña, Eusebi Carbó e Hilari Arlandis; y no regresó muy
convencida de que Lenin fuese un freedom maker, precisamente.
Pero en esa fecha se produciría, esta vez en Barcelona, otra reunión de mucha
mayor importancia para el pistolerismo. Se produjo en el número 32 de la calle
Tapicería, en la sede de un ateneo obrero de ideología legitimista (carlista).
En ese acto Ramón Sales, un activista sindical, acompañado de dirigentes
carlistas catalanes como Salvador Anglada o Pere Roma, fundaban la Corporación
Nacional de Trabajadores-Unión de Sindicatos Libres de España; un sindicato que
se conocería como El Sindicato Libre o, simplemente, el Libre, y que, a partir
de ese momento, competiría con la CNT por el dominio de los obreros catalanes;
y el término competencia incluye muchos tipos de enfrentamiento.
El 19 de diciembre, en medio del cierre patronal y en un ambiente de espiral
violenta, dos anarconsindicalistas que se harán famosos en la Historia de
España, Ramón Casanellas y Pere Matheu, se bautizan en el mundo del terrorismo
obrero matando a tiros al industrial Manuel Elizalde, cuando está parado en su
automóvil en la calle Roselló de Barcelona. El entierro de Elizalde es toda una
manifestación de la burguesía y encona las posturas.
Los cenetistas estaban convencidos de que Elizalde había tenido participación
en el asesinato de Pau Sabater, algo que probablemente no es cierto. Pero es
evidente que dicha acción estaba influyendo en buena parte de las acciones
violentas. Medí Martí, un pistolero anarquista, acompañado por otros cómplices,
esperó en una carretera del Poble Nou a Joan Serra, el conductor del coche en
el que Sabater había sido secuestrado. A pesar de que Serra no murió en el
tiroteo, quedó muy malherido. El día 5 de enero, víspera de los Reyes Magos,
otra partida de pistoleros atentó en su coche contra el dirigente patronal
Feliu Graupere, que salió apenas herido el incidente en el que, sin embargo,
resultó muerto un policía de escolta, Ricardo San Germán. Este hecho, sin
embargo, colocó a los obreros en una situación muy comprometida, dado que al
día siguiente el ejército declaró el estado de sitio.
El 26 de enero se acabó el cierre patronal. En ese momento, la CNT, en manos de
sus miembros más radicales, decretó la huelga general; calculando que los
empresarios (lo cual era cierto) habían terminado el cierre con pocos recursos,
pretendían hacer caer el capitalismo. Aunque los que cayeron fueron ellos;
acabado el cierre, los trabajadores volvieron en masa al trabajo; lógico, pues
si alguien estaba a dos velas, eran ellos. Una reacción que dio alas, dentro
del sindicato, a sus miembros más posibilistas; y, tal vez, radicalizó aún más
a los del gatillo fácil.
No obstante, como ya hemos visto con anterioridad, los periodos de
normalización y de tendencia a la paz siempre se corresponden con otros
movimientos en sentido contrario. En este caso, los sucesos de las últimas
semanas habían colocado a los empresarios en situación de guerra abierta…
aunque clandestina. Las principales acciones patronales se decidían en una casa
situada en el número 80 del paseo de Gracia, esquina con la calle Mallorca.
Este era el piso donde el mensajero de los empresarios, Miró i Trepat, se
entendía con el nefasto barón de König, el heredero de Brabo Portillo. Los
sucesos, además, no hacían sino alimentar esta tendencia; el 22 de febrero, un
empresario francés, Theodore Genny, era asesinado a puñaladas. Tres delincuentes
comunes, Victoriá Sabater, Martí Martí y Josep Perís, fueron condenados a
muerte por este asesinato. Otros activistas proyectaron matar al conde de
Salvatierra, recientemente nombrado gobernador civil de Barcelona, volando el
tren en el que iba. De haber consumado el atentado, que fue descubierto a
tiempo, habrían realizado una auténtica matanza.
La situación era comprometida y, por ello, al barón de König y su banda les
daba mucho negocio. No obstante, el austriaco era muy ambicioso. Por eso mismo
urdió un plan con uno de sus secuaces, un tal Bernat Armengol, que había sido
activista sindical. Contando con el know how de Armengol, que
sabía cómo escribían los sindicalistas y guardaba papel de la CNT, se dedicó a
enviar cartas amenazadoras a empresarios; lo que se dice, crear demanda allí
donde no la había. Incluso se rumoreó que algunos de sus secuaces llegaron
disparar a empresarios para acojonarlos. No contento con engañar al sector
privado, König también engañó al sector público. Era informador del jefe de
policía, Arlegui y, para que éste estuviese contento, se inventó la historia,
falsa, de que un café llamado El Rápido era un centro de actividad terrorista,
donde la policía llegó a hacer una redada el 27 de marzo. Allí mismo tuvieron
la escasísima cosecha de detener a un activista mediano, Ácrata Vidal, al que
dieron una paliza allí mismo, delante de los clientes.
El barón, en compañía de activistas del Libre, se dedicaba a engañar a
sindicalistas y luego detenerlos. Por ello, empezaron las agresiones contra
este sindicato. El 2 de abril resultó muerto el capataz de la factoría Fabra
& Coats, dirigente del libre, Tomás Vives. La guerra intersindical había
comenzado. Pero esto es un juego a tres bandas entre los dos sindicatos y la
policía y los cuerpos parapoliciales y, en ese momento, a los cenetistas el
Sindicato Libre todavía les preocupa poco. Uno de los grupos terroristas más
sanguinarios de la CNT, el comandado por Progreso Ródenas, atenta en pleno
paseo de Gracia contra Miró i Trepat, el mamporrero de König, aunque no
consiguió acabar con él. Para qué quería más el austriaco. Hizo sus
averiguaciones y, una vez que supo que Ródenas, en realidad, a quien quería
matar era a Bernat Armengol, porque le habían calado, hizo que sus espías le transmitiesen
la noticia de que estaría el 23 de abril en una cafetería situada en la esquina
de la ronda de San Pablo y la calle Aldana, situada creo que en lo que hoy se
conoce como El Raval. La banda de Ródenas se situó estratégicamente para
cargarse a Armengol cuando saliese, pero ni éste salió ni se pudieron marchar
de rositas, porque allí les estaba esperando la policía. Hubo heridos y
detenciones, aunque algunos miembros de la banda cenetista lograron escapar,
abriéndose paso a tiros.
Para los sindicalistas y los mercenarios de König, la cosa era quién mandaba en
Barcelona. Como en los diálogos de las pelis del far west, ambas
partes parecían tener muy claro que Barcelona era demasiado pequeña para los
dos. El asunto se dirimió el día 28, en un chiringuito de la plaza del Peso de
la Paja. Allí iban muy a menudo los hombres de König en plan chulo y mafioso,
haciéndose los dueños del lugar. Pero esa tarde los ácratas surgieron de entre
la gente y empezaron la ensalada de tiros. Mataron a dos mercenarios y
perdieron a uno de sus acólitos antes de que llegase la policía. Los hombres de
König dejaron de ir por el chiringuito.
Pintaban bastos para König. Le echaban de la calle y, además, había cometido un
grave error. Tras los sucesos de la cafetería de El Raval, se las había
ingeniado para que la policía detuviese también a Bernat Armengol. Nosotros
sabemos que Armengol era un soplón que trabajaba para König, pero algo debía de
haber entre ambos, porque lo cierto es que el confidente fue detenido y encarcelado.
Una de las causas probables es que König podría estar tirándose a su mujer.
El caso es que Armengol acabó en la cárcel, donde le metieron con los suyos, es
decir, en una galería llena de cenetistas. Armengol sabía que, allí, su vida no
valía ni medio céntimo, pues todos sabían que era un soplón, así pues decidió
cambiar de bando, y comenzar a delatar a los hombres de König.
En los días siguientes, los pistoleros anarquistas acabaron con Manuel Grau,
colaborador de König, y con Pere Torrens i Capdevila, uno de los chulos de la
plaza del Peso de la Paja. Resultó herido y, dos días después de recibir el
alta, lo remataron. Así las cosas, los hombres de König intentaron recuperar su
prestigio reconquistando, en la tarde del 17 de mayo, el quiosco de la plaza
del Peso de la Paja. Se liaron a tiros con los anarquistas, pero el
enfrentamiento quedó en tablas.
El tiroteo de la plaza del Peso de la Paja se convirtió en un problema político
también en Madrid. Además, el ambiente estaba muy enrarecido porque, algunas
semanas atrás, y no se sabe muy bien por qué, la policía había reaccionado
pelín mal a la celebración de los juegos florares de Barcelona. Esta
competición poética era uno de los principales actos del catalanismo de la
época y aquel año, como otros muchos, terminó con el personal cantando Els
Segadors, que ya se sabe que es el himno del catalanismo, y algún día
contaremos por qué; pero a la pasma no debió de hacerle gracia, porque entraron
en el local y se liaron a hostias con todo quisqui. Como consecuencia, la
burguesía catalana la tomó con el gobernador de Barcelona y la cosa estaba fea.
Todos estos argumentos abonaron la estrategia del presidente del gobierno,
Eduardo Dato, de exiliar al barón de König, cosa que hizo por siempre jamás
pues este nefasto personaje no volvió ya a España, ni siquiera en los años de
la dictadura de Primo de Rivera.
El 19 de junio, era cesado como gobernador de Barcelona el conde de
Salvatierra, para alegría de los burgueses. Y ya hemos dicho que König había
sido expulsado de España. El nuevo gobernador, Federico de Carlos y Bas, acudía
con voluntad conciliadora a la ciudad.